La chica perdió el
tren.
Pero no porque llegara
tarde, sino, porque, vino antes.
Todas
las mañanas, salía de su casa a la misma hora para coger el tren de las 5:15
A.M. y esta vez vino más pronto, a y diez ya estaba ahí.
Comprobó
el reloj del monitor y del suyo digital de muñeca. Efectivamente, marcaba y
diez. Lo vio alejarse sin entender qué demonios estaba pasando.
-¡Nooooo!-gritaba-pero
que…-estrellando su mochila verde contra el suelo, sacando toda la rabia que
llevaba dentro-
Su
boca se llenaba de todos los insultos que su cabeza podía recordar. Alzo la
vista hacia el cielo y suspiro frustrada.
Sin
percatarse de su presencia, a lo lejos, había un chico en el mismo andén
observándola y sonriendo de lo gracioso que le parecía ese momento. El modo en
el que esa chica se enrojecía resaltando sus pecas y su pelo pelirrojo revuelto
para él era lo más bonito que había visto en días.
Él
siempre había sido muy tímido con la gente, pero había algo en ella que
despertaba su cobardía interior.
-¡Eso,
gilipollas vete!-se atrevió a gritar-
Ella
se sobresaltó, mirando con curiosidad, a
ese chico rubio de ojos azules que la estaba imitando, con todo el descaro del
mundo.
-¡Imbécil!,
nos has dejado tirados-Alzando la voz mientras hacia un corte de mangas
mirándola de reojo-
Animada,
reanudo los insultos haciendo la peineta con ambos dedos de las manos señalando
hacia la vía vacía.
Puede que
el tren ya no estuviera, pero mutuamente se alentaban entre ambos,
desahogándose entre risas, dejándose caer en el suelo, exhaustos, recobrando el
aliento. Después de hacerse el silencio, se observaron de reojo sin saber que
decir.
-Me llamo
Edu-rompiendo el hielo ofreciéndole la mano-
-Yo Sam-estrechando su
mano delgada-
Lo que al final parecía
un drama en perder el tren y llegar tarde a sus destinos, se convirtió en una
anécdota graciosa que sería recordada
para el resto de sus vidas.